Fernando Santiván

Un narrador de la vida en Villarrica

Fernando Santiván[1] nació en la ciudad costera de Arauco en la región del Bío Bío,  el día 1° de julio de 1886; hijo de padre español y madre chilena, desde temprano tuvo que enfrentar una dura vida y de mucho tránsito por  distintos territorios de nuestro país. Su nombre está asociado a lo mejor de la narrativa chilena y, ya por los años de 1950 su obra literaria era ampliamente conocida y gozaba del reconocimiento de la crítica nacional, lo que le hace merecedor del Premio Nacional de Literatura el año 1952.

Esta, se inicia el año 1909 con la obra Palpitaciones de vida; luego Ansia el año 1910, Crisol el año 1913; La hechizada, una de sus obras maestras el año 1916. Y así hasta llegar a los catorce títulos, entre novelas, cuentos, ensayos y memorias.

Lo que para mí es muy interesante, es que una parte relevante de su obra, la escribió mientras residía en nuestra región de La Araucanía.

Tres de sus textos de narrativa: El bosque emprende su marcha[2], Charca en la selva[3] y La camará[4], son obras en las que se dan dos hechos muy trascendentes: el ambiente en que se mueven estas historias, es el paisaje  de la cordillera de La Araucanía con sus grandes y colosales bosques; los iracundos y fríos cauces de los ríos que bajan de la cordillera. Por otro, los personajes de ellas, que es posible leer como trabajadores agrícolas – campesinos – mapuche – colonos, son perfectamente reconocibles como habitantes de un espacio que es plenamente la frontera en una fase más reciente de ocupación.

Por otra parte, el ensayo Escuelas rurales[5], nos habla y muestra una experiencia de trabajo en una pequeña escuela agrícola rural[6], que Fernando Santiván creó o fundó a orillas del lago Villarrica, entre las ciudades de Villarrica y Pucón, sector de Playa Linda, donde sitúa alguno de sus relatos.

Esta experiencia de trabajo campesino, creativo en la literatura y formativo a través de su escuela rural, es posible sentirla y vivirla de manera muy clara a través de varios de sus libros. Por ahora, creo que deberíamos observar y seguir de manera muy específica a través de uno sus libros: El bosque emprende su marcha. En este libro de cuentos que se encuentra dividido a través de sus  doscientas cincuenta y dos páginas, en dos secciones: Historias de hombres con doce cuentos y la segunda parte Historias de patrones y servidores con siete cuentos, nos permite adentrarnos a su obra y vida en el sector  de Playa Linda en mitad del camino que de ripio entre las dos ciudades lacustres de la región, ya señaladas.

En el primero de esos cuentos  Pa´cría, que va entre las páginas 25 y 28, señala en la nota final: Villarrica, 1925. El cuento Un héroe más, que se publica entre las páginas 45 y 51, también señala Playa Linda, 1925. Luego Pellines sobre el río, que transcurre entre las páginas 60 y 78, la indicación señala: Playa linda, 1921. Otro cuento Palabra de honor, que va entre las páginas 79 a la 84, nos vuelve  a indicar el mismo sitio, Playa Linda, 1921. El tacho de on Banderas, señala entre las páginas 97 y 116, Playa Linda, 1930.  De la misma manera indica el relato La sangre del cordero, que se describe entre las páginas 140 y 151 Playa Linda, 1930, como lugar y fecha de escritura. Entre las páginas 152 y 161, nos encontramos con el relato La mongólica, fechado en Playa Linda, 1933. Para finalizar con esta mirada geográfica y temporal a estos relatos, nos encontramos La señorita Lina, entre las páginas 162 y 175, y nos reitera este hecho Playa Linda, 1930. Varios otros de estos relatos que no señalan ni lugar ni fecha y que sin embargo sus ambientes personajes y sectores donde transcurren los hechos, no hacen más que confirmar que el espacio geográfico es el territorio rural de Villarrica. En un total de diecinueve cuentos, ocho de ellos nos señalan con verdadera precisión (de lugar y fecha, como ya hemos visto) desde o en donde fueron escritos estos textos. Es decir, ellos nos establecen o delimitan la presencia de este autor en el territorio de Playa linda, en la comuna de Villarrica, en al menos un periodo muy preciso de ocho años o quizás algo más de una década.

De la misma manera la novela Charca en la selva, se cierra con el texto indicativo: Fundo “Isla de Robinson” (Villarrica), enero de 1930. Como su título señala, hay un contraste muy claro entre la magnificencia y la exuberancia de la naturaleza (bosques, lluvias) con las ambiciones de las personas que son el eje de esta novela. Pero por sobre todo, es una denuncia de las condiciones de vida de los habitantes naturales de estos espacios, sobre la usurpación de sus tierras, mediante engaños y la complicidad de aquellos que debían resguardar que esos hechos no ocurrieran.  Charca en la selva es un ejemplo más, a través de esta descripción literaria, de la conquista (con toda la carga que este concepto se instala en nuestra región desde hace ya varios siglos) de la tierra y la selva de nuestra región por parte de los colonos, que en muchos casos superponen su interés personal por sobre el de la colectividad en que llegan a habitar, en este caso Villarrica.

Aunque por sobre los textos anteriores, como una manera de reencontrarnos con una obra literaria que refleja un territorio, una forma de entender el mundo y de desenvolverse en él,  a mí me interesa acercar a Uds. una breve obra titulada La camará[7]; la que sin lugar a dudas, es un encuentro con aquellos trabajadores[8] (…En la comarca los llamaban “los camineros”, porque trabajaban el viejo y detestable camino que venía bordeando el lago desde Villarrica hasta Pucón….)[9] que fueron haciendo vías en mitad de los bosques, solo con instrumentos o herramientas muy rústicas, para permitir que luego pudiesen algunos habitantes de la región transitar o vivir en esos lugares. En este caso es la construcción del camino que une a Villarrica y Pucón, orillando esa belleza de paisaje que aún es posible vivenciar en la obra, como cubierto de bosque nativo, aguas por todos lados y el constante canto de los pájaros y del vaivén de las aguas. Paisaje que es observado y mostrado por este narrador (..La cuenca del lago era un enorme espejo misterioso en el que se reflejaba invertido el marco verde obscuro de las montañas…)[10]. Es también un homenaje a los más esforzados trabajadores chilenos, los obreros del camino, que abrirán una senda, por la cual seguramente ellos, nunca transitarán. La historia se centra en dos personajes Lucinda (La camará) y quien aparece como su pareja (“…Yo ligerito estaré con ustedes- grita desde el interior la voz de Mariano Astete, el amigo de la Camará)[11] y las diversas fuerzas que buscan el desequilibrio de las débiles construcciones sociales, representado por una serie de personajes, colonos, camineros y comerciantes, los que colocan en primer lugar sus intereses por sobre el bien común, uno de los temas reiterados en ésta y otras obras de Fernando Santiván.

Sin duda, que esta primera lectura de estas obras del Premio Nacional de Literatura 1952, nos deja en claro que el autor tiene el conocimiento de quienes residen ya algún tiempo en un lugar determinado, por los comentarios que hace: “…Va a llover… – anunció Rosa-. El volcán se puso el gorro[12]. O por la descripción de lugares “…Bajando por el escarpado camino de la “Cuesta de Piedra” se llegaba a una pequeña bahía cuya playa de arena fina dibujaba un semicírculo que iba a terminar en la playa de Molco[13]. Por otra parte hay un conocimiento de un lenguaje popular, vinculado a vidas que van construyendo sociedad: cantoneras, potrillo, pichiruches, mantención, palangana, geme, entre tantas otras expresiones, que son de uso en ciertas labores y sobre todo en sectores campesinos de nuestra Araucanía, donde se mantienen aún algunas formas del lenguaje en franco retroceso en otros sectores de nuestro país, sobre todo por la invasión de los anglicismos y de otras lenguas, a través de la publicidad.

No puedo dejar pasar un pequeño diálogo irónico que aporta a morigerar algunos instantes del texto: “…¡Yo voy a salil a pescal tamién!- exclamó con su voz sinuosa El Chico.  -¡Qué vay a pescar vos!- exclamó El Tuerto- Pa’eso se necesita paciencia. – Si hay temporal yo voy a salil a pescal colderos- agregó El Chico abriendo sus ojos llenos de ingenuidad…”[14]. Esto no es usual en estas obras de Santiván, pero suele hacer uso ocasional de este grato y sutil recurso literario.

Estos cuatro libros a los cuales me he remitido para este artículo, nos pueden abrir otras lecturas más profundas en torno a distintos y necesarios diálogos; por ejemplo a la presencia y rol femenino en esta ocupación del territorio; la mujer en estas obras está observada a la distancia y solo su cercanía se produce en los conflictos, entre los hombres, en los cuales debe establecer un orden y definir su rol y presencia allí. Por otra parte, los niños, casi no se percibe su dolorosa y pobre presencia. Y aquí, Fernando Santiván nos señala la relación de la realidad que trató de cambiar con un proyecto educativo en ese sector: “…Miseria. Caritas exangües, pequeños ojos medrosos que se tornaban rapaces  al divisar un trozo de pan. Allí no hacía falta un boliche[15], sino una escuela…”[16]. Es la búsqueda de una formación educativa en un contexto de explotación, abandono, soledad y miseria.

Fernando Santiván, sin duda que logra definir en estas tres obras, una realidad campesina-cruel-dura- (pocas veces alegre), muy creíble desde el punto de vista de los actos y de la condición humana de sus personajes, en sus grandezas y debilidades, en sus alegrías y desencantos, en sus esperanzas y frustraciones

De estos textos, se puede leer una concepción de un hombre absolutamente fuerte, que impone sus condiciones sobre el espacio natural y humano en que se mueve, no importando la mayor parte de las veces el deterioro inmediato; por sobre los otros (hombres y mujeres) que a veces aparecen solo como instrumentos para obtener un fin. Y de otros, que deben aceptar, que el destino está escrito de esa manera y que más allá de los esfuerzos que se hagan es muy difícil cambiar aquel destino ya señalado. Seguramente, una vez terminado el difícil y duro camino de ripio que une a Villarrica con Pucón, nunca más volverán a ese lugar y deberán iniciar otro similar en un territorio distinto, donde lo más probable, quedarán sus vidas olvidas y perdidas como las mismas piedras de los caminos que ellos ayudaron a construir para otros.

Fernando Santiván, murió en la ciudad de Valdivia un día12 de julio de 1973

 

                                                                                                                                      Hugo Alister Ulloa .-

[6] .- Un amigo nuestro y gran músico nacional René Inostroza, también oriundo de Playa linda, es uno de los primeros artistas a los cuales oí hablar de la presencia de Fernando Santiván en ese sector de nuestra región; y quien siempre me habló de esta  escuela  y,  que aún existirían las bases de las mismas (en conversaciones sostenidas sobre el tema, hace ya más de seis años atrás).

[7] .- La camará, es denominación que dan estos trabajadores, a la camarada,  a quien convive con otros en situaciones

y espacios  similares, como lo es este duro y poco rentable trabajo

[8].- Los camineros fueron trabajadores manuales, que se hicieron cargo de realizar jornadas muy duras, brutales y las más

de las veces muy mal pagadas para abrir caminos en mitad de un territorio en ocupación.

[9] .- Página 5, La camará, ediciones de la Sociedad de Escritores de Chile, Santiago Chile, 72 páginas, año 1945

[10] .- Página 31, idem

[11]. – Página 16, idem

[12].- Página 31, idem

[13].- Molco, es un pequeño río que desemboca en el lago Villarrica, en el sector de Playa Linda, a mitad de camino entre

Villarrica y Pucón. Página 33, La camará, ediciones de la Sociedad de Escritores de Chile, Santiago Chile, 72

páginas, año 1945

[14] .- Página 22, La camará, ediciones de la Sociedad de Escritores de Chile, Santiago Chile, 72 páginas, año 1945

[15] .- Negocio, almacén.

[16] .- Página 36, Idem.